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Nos descubrimos una hermosa mañana de primavera, cuando percibíamos el peso de la naturaleza, los árboles de frondosos follajes, el olor
de las frutas que nos impulsaba a atravesar la campiña una y otra vez en busca de emociones, bajo un cielo despejado y nítido como el agua rivereña de altas latitudes.
Después de disfrutar de su compañía por ciudades, valles, montañas y aguas, él con ese amor oblativo que siempre me demostró, me ofreció un nido de amor construído con sus propias manos, esmero y
mucha querencia, buscando los mejores materiales para que fuera digno de mí, me sintiera como una diosa, dueña del mundo y lograra así sentir paz en mi alma y regocijo en mi corazón:
-espectacular- le dije y sin pensarlo dos veces, asombrada, lo amé mucho más, y una y otra vez nos arrullamos.
Mi hogar de paredes acogedoras, me invitaba a la pulcritud, todo debía estar en su lugar, ni una brizna de paja traída por el viento permitía en la entrada; vecinos había, pero solamente !buenos
días!, !buenas tardes!, !buenas noches!, no había visitas, ni nosotros las hacíamos, sólo dedicábamos el tiempo a nuestra laboriosidad y ternura.
Los días pasaban inexorables, como ha sido siempre el tiempo, para bien o para mal, como buenaventura o como experiencia dolorosa; disfrutaba del afecto de mis hijos, de sus requerimientos,
miraba por sus ojos, suspiraba sus revoloteos, los atendía en exceso, desesperada, porque sentía muy dentro de mí, que su necesidad era mi propia necesidad, que si dejaban de respirar yo
también moriría; cómo no amarlos, si eran tan frágiles como una ramita seca, o como una escurridiza semilla de guayaba; eran tan dulces, tan inofensivos, tan demacrados que apenas podía observar
el color de sus caritas.
Los amé con delirio, sobreprotegiéndolos; si su padre no llegaba en su momento justo para atenderlos, le demostraba tal turbulencia que el pobre se alejaba observando mi comportamiento, hasta por
un medio día, donde pataleaba, hacía gestos con mi cuerpo, me abalanzaba sobre él para agredirlo, aunque siempre se mantuvo paciente; yo no sé cómo lo hacía, pues me esquivó muchas veces y nunca
tuvo ni un reproche, ni un alejamiento.
No me podía explicar por qué yo actuaba así, en vez de mantener la paz de mi dulce hogar; yo no tenía más nada que hacer; por qué la rabia escondida dentro de mí me obligaba a perturbar su
felicidad, que sólo consistía en vivir a mi lado, pués cuando yo me rezagaba, oía sus dulces llamadas una y otra vez, para recibirme retozón en cuanto me acercaba.
Dios mío, el inexorable pasa lentamente, y nosotros seguimos rutinariamente viviendo; un día me levanté bien temprano a observar los amados hijos, y !horror! veo uno de ellos inmóvil, lo beso
muchas veces, lo toco, lo muevo, pero nada, aparto a los otros con mi cuerpo y ...lo lanzo fuera, !fuera de mí!, !fuera de nosotros!, que lo amamos y nos abandona de esta manera, así sin
despedirse; no quiero saber de él, ni siquiera volveré a mirar dónde está; !que se lo coman los bichos en la tierra! que sirva de alimento por lo menos a la tierra que lo recibió; yo estaré bien,
mis ojos nunca derramarán una sola lágrima por él.
Todo era cantos y alegría, seguíamos el ritmo natural, pero vuelve a mi vida a perturbarse cuando un intruso se asoma a nuestro hogar y lo destruye; todo desaparece de repente. Me quedo sola,
desde ese momento no pude volver a mi casa, -a qué ?
Si allí no estaba el motivo de mis desvelos.
Vagué, vagué mucho; cada árbol representaba un remanso, y al final lo encontré, cabizbajo, oteando el horizonte, nos miramos y nos adentramos en el mundo maravilloso de nuestro amor, sólo de
nuestro amor de pareja, pero, y nuestros hijos?.
-¿Dónde están nuestros hijos?
_¿Qué hizo el destino con ellos?
-¿A dónde los botó ese torrente?
-¿Me los habrá golpeado?
-¿Los habrá maltratado?
-¿Mi cuido habrá servido de algo?
-¿Seguirían o no mi ejemplo?
Pasan los minutos, los segundos como pesados fardos cargados de piedras; voy y vengo buscando a mis hijos, no hay lugar que no mire para llamarlos, no hay sonido que no oiga para descifrarlo, no
hay cuerpo que no toque para sentirlos, hasta que al fin me oigo llamar y encuentro al más pequeño preso, !preso!, !mi hijo preso!, pero si le ofrecí el mundo entero para que lo atravesara, le
alimenté su alma y su cuerpo para que volara con alas fuertes; quería un vuelo raudo contra el viento y las dificultades, quería..., quería..., quise.
Hoy lo alimenté y calmé muchas veces. Su alma desesperada por los barrotes se abrió con sentimientos ambigüos, dulces e insospechados; estuve tan cerca como pude de su dolor; !pero hoy no
debo! , ya es tarde para consentirlo, ya es tarde para salvarlo; un mundo a donde yo no me permito entrar, y secamente, con inercia, le ofrecí una semilla, dos semillas, que ciertamente su
corazón no soportaría.
¿Su presidiaria lo soltaría el día que tenga alas fuertes?, o por el contrario
¿Me entregará un despojo?
¿En qué condiciones me lo devolvería?
!Dios mío!
!Dios del universo, ¿qué debo hacer?!
-Señor, lo entrego en tus manos; dispón Tu sobre su vida.
De lejos lo veo caer y al final yace en el piso de su propia jaula, mientras yo me voy volando a encontrarme con la luz de mis ojos, mi adorada familia.
Me siento rodeada de preguntas acosantes:
¿Por qué no hay una lágrima en mis ojos?
¿Por qué no tengo compasión para mis hijos?
Si ese ser y otros salieron de mí, ¿por qué no hay un pensamiento de amor o de dolor para ellos?
Soy como un títere en manos del destino que me obliga a actuar así, ciertamente, es lógico... es mi naturaleza que se impone, soy tan débil, que no puedo torcer los hilos del destino.
Hoy en mi recién estrenado nidito de amor, con otros hijuelos que me llaman y pían desesperados por hambre, mi llegada, me doy cuenta que soy una pajarita de satinadas plumas de alas
verdosas, cuerpo amarillo y cabeza con rayas negras y blancas, con un hogar ubicado en la parte superior de un poste y que por favor pido no vuelvan a destruir, asomándose.
fin...................
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